Hay algo mágico en el último día de un viaje: ese equilibrio perfecto entre la calma de saber que ya lo viste (casi) todo y la prisa absurda por apurar cada segundo como si te lo fueran a racionar. Nos levantamos sin despertador, con tranquilidad y fuimos en busca de un merecido un desayuno sin prisas.
Dejamos las maletas en consigna —porque si tu vuelo sale por la tarde y no puedes dejar el equipaje cerca del centro, el viaje se convierte en una yincana sin premio— y salimos a hacer todo eso que no dio tiempo los días anteriores: las últimas compras (ahora sí que sí), las fotos que nos faltaban, el paseo tranquilo que Estambul aún nos debía.
Spoiler: acabamos tomando té de manzana con vistas a Santa Sofía, comiendo baklava como si no hubiera mañana, y comprando pulseras suficientes como para montar un mercadillo bohemio en Lavapiés. No subimos a la Torre de Gálata, pero ese día tampoco nos subimos la presión: el Día 5 fue para saborear, despedirse y prometer —con la boca llena de pistacho— que volveremos.
? Mañana de maletas, calma y mapas
El último día en Estambul nos lo tomamos con calma. Y cuando digo calma, digo en modo «ya nos da igual todo salvo llegar al aeropuerto con pasaporte y dignidad». Nuestro vuelo salía por la tarde, así que lo primero fue dejar las maletas en la oficina del alojamiento. Y ojo aquí, porque si tu hotel no tiene consigna y te toca arrastrar la maleta por el Gran Bazar, puedes acabar odiando el viaje entero.
? Consejo de amiga: asegúrate de que puedes dejar el equipaje en un lugar céntrico hasta la hora de irte. Te salva la vida. Y la espalda.
?️ Las últimas compras (de verdad de la buena)
Nos prometimos no comprar más cosas. Que ya teníamos delicias turcas para alimentar a media Europa, bolsos falsos para montar un mercadillo y especias para cocinar todo menos un kebab. Pero ay, Estambul y sus tiendecitas. Acabamos comprando pulseras. Muchas. Pulseras que sigo llevando dos meses después como si me las hubiera regalado un sultán en persona.
También encontramos ese puesto de imanes que habíamos marcado en Google Maps desde el día uno y que había desaparecido misteriosamente los cuatro días anteriores. Misterios otomanos. Nos despedimos del bazar, ahora sí, con la cartera temblando y las mochilas llenas de souvenirs, dignidad… poca.
☕️ Café y té con vistas, más fotografía y más baklava.
Buscamos un café con vistas a Santa Sofía (recuerda cómo comprar tu entrada aquí) para hacer la típica fotografía de «mira qué bien vivo». Acabamos con un té de manzana en la mano, una tamperatura perfecta y la sensación de que podríamos quedarnos ahí una semana más sin problema. Esa calma del último día, cuando ya no vas con prisa, cuando no corres de monumento en monumento… eso es lujo turco.
Comimos baklava como si no hubiera un mañana. Porque cuando crees que ya no puedes más, siempre hay hueco para otro trozo de baklava. Y si no hay hueco, se hace. Porque la repostería en Estambul no se discute, se venera.
?️ Vuelve al sitio que te hizo feliz
Con el estómago lleno y el alma blandita, nos dimos un paseo largo por la ciudad. Visitamos esas tiendecitas que se nos habían quedado en el tintero, esas calles que nos habían hecho ojitos desde el primer día y nos sentamos a observar. Nada de correr. Nada de listas. Solo mirar, respirar y quedarte con el recuerdo.
Fuimos a despedirnos del restaurante del primer día, que por si no te acuerdas es este y si vas a Estambul, tienes que ir si o si. Ese hummus nos había marcado tanto como el primer «merhaba» que supimos decir bien. Cenamos sin prisa, como si el vuelo no existiera. Pero existía. Y nos llamaba.
✈️ Vuelta al aeropuerto y bandejitas turcas
Recogimos las maletas y nos subimos al transporte con ese momento clásico de «yo no quiero irme» mezclado con «yo necesito una cama ya». En el aeropuerto, la magia turca nos regaló una bandejita de comida sorprendentemente buena. Turkish Airlines, gracias por cuidarnos el ánimo con arroz, panecillos y postre dulce.
Si vuelas desde el aeropuerto principal de Estambul (IST), tienes varias opciones:
? Opción 1: Bus Havaist (recomendado)
- Línea HVIST-12
- Sale desde Sultanahmet Square (parada junto al parque).
- Tarda unos 60-90 minutos dependiendo del tráfico.
- Cuesta alrededor de 3-5 € (100-150 liras turcas).
- Es cómodo, tiene espacio para maletas y WiFi. Puedes pagar con tarjeta ahí mismo.
? Truco de amiga: Llega al menos 10-15 min antes, a veces se llena.
? Opción 2: Transporte público (más barato pero más lioso)
- Tranvía T1 desde Sultanahmet hasta Eminönü o Zeytinburnu + Marmaray o Metro M2 → transbordo a línea M11 hasta el aeropuerto.
- Tardarás mínimo 90 min o más con maletas y transbordos.
- Precio total: menos de 2 €, pero no recomendable con prisa o jet lag.
? Opción 3: Taxi o translado privado (o Uber/BiTaksi)
- Cuesta entre 25-35 € aprox.
- Tarda 45-60 minutos si no hay tráfico infernal (spoiler: a veces lo hay).
- Mejor opción si sois varios y queréis comodidad (o ir viendo la ciudad por última vez en plan melancólico).
Y así terminó nuestro viaje. Con la sensación de que 5 días no son suficientes, que volveremos seguro y que cada pulsera que llevamos en la muñeca nos lo va a recordar cada vez que miremos la hora. No subimos a la Torre de Gálata, no hicimos el crucero por el Cuerno de Oro, y aún así nos llevamos la sensación de haber vivido la ciudad con los cinco sentidos.
Volamos de vuelta con la tarjeta de memoria llena, los pies cansados y una promesa tatuada en la piel (mental o literalmente): volveremos.
Porque sí, Estambul, nos has conquistado. Y lo sabes.



