Mezquita iluminada de Estambul al anochecer con cielo azul intenso y luna llena.

Día 1 en Estambul– Un vuelo fabuloso, toma de contacto y primeras aventuras.

Siempre decimos lo mismo: “El primer día de viaje lo dejamos libre, para adaptarnos.” Que suena muy zen, pero la verdad es que simplemente no nos da la vida para planearlo todo. Nos gusta aterrizar, respirar el aire nuevo, y ver qué nos pide el cuerpo. Que normalmente es un café y no cargar con maletas por callejones empedrados como en Estambul.

✈️ Despegamos con sueño, un menú delicioso y turbulencias tecnológicas

Salimos de Madrid a las 06:20 de la mañana, jurando no volver a hacer caso a nadie que diga «así aprovechamos el día». A esas horas no se aprovecha nada más que el piloto automático de andar sin pensar.

Mientras esperábamos en la puerta de embarque, activo mi eSIM de HolaFly que había cogido para el viaje. No tenía ganas de complicarme. Mientras le contaba cómo funcionaba, mi #BFF decidió improvisar y comprar otra igual… con tan buena suerte que su teléfono decidió que eso de ser compatible era muy mainstream.. Por suerte, somos impulsivas con calle y pudimos revertimos la compra al instante, más o menos. Al final ella recuperó el dinero y antes de su siguiente viaje, se compró un movil nuevo.

«Primera crisis y no habíamos subido aún al avión», pensé mientras sonreía, porque aún no me conocéis, pero a mi me encanta el drama.

Volamos con Turkish Airlines en un vuelo directo que nos prometía llegar a Estambul en poco más de cuatro horas. Lo elegimos porque, honestamente, salía bien de precio y las horas nos venían como anillo al dedo. De esas veces en que todo encaja y parece que los astros están aburridos y deciden alinearse contigo. Nos dieron de desayunar: con bandejita, pan calentito, postre y todos los extras… nos encontramos en una burbuja de paz y comida caliente, como si estuviéramos volando en business… pero con presupuesto de mortales.

Pero amigos, la vida te da una de cal y otra de arena. Nada más bajar, sacamos algunas liras en el aeropuerto con la tarjeta Revolut con tan buena suerte que dimos con el único cajero en mantenimiento… sin cartel, sin avisos, sin piedad. Ahí estábamos, recién llegadas, sin efectivo y compartiendo wifi entre móviles para ver si por lo menos no nos habían cobrado nada. No somos viajeras novatas, pero a veces nos confiamos y la confianza mata más que el jet lag.

? Organización del viaje: cocina propia y retirada a tiempo

Viajamos en diciembre, justo después del puente. Elegimos apartamento con cocina, no porque nos encante ponernos el delantal en vacaciones, sino porque somos realistas y sabemos que, viajar en esta época implica que los días son cortos y las noches eternas. Nosotras ya tenemos nuestro ritual: patear sin compasión mientras haya luz, aprovechar las tardes sin sol para ver la ciudad encendidas y volver a una hora prudente parando en algún súper para coger provisiones.

Y es que, para nosotras, la noche no es para hacer turismo —al menos no todos los días—. Es para ducharte con agua bien caliente, revisar las fotos, planear el día siguiente con más ilusión que criterio, y comerte una sopa viendo una serie de Netflix que probablemente no acabes. Eso sí, con calcetines gordos y cero remordimientos.

En Estambul, el sol nos acompañaba de 8:00 a 17:45. El resto era oscuridad, viento helado y ganas de rendirse. Así que el plan estaba claro: alojamiento céntrico, una cocina para sobrevivir a base de purés improvisados y un sofá donde colapsar dignamente. Porque viajar también es saber parar a tiempo.

? Küçük Ayasofya: lo justo de turístico y lo justo de real en Estambul

El barrio elegido fue Küçük Ayasofya, que suena exótico pero significa literalmente «Pequeña Santa Sofía». Una zona tranquila, céntrica y con el punto justo de autenticidad para sentir que no estabas viviendo en un decorado turístico. Muy cerca de Sultanahmet, donde está todo lo que hace que Estambul sea Estambul.

Primeras impresiones: el transporte público funciona, está adaptado y parece sacado de un país que piensa en en aquellos que no sabemos leer un mapa. Pero la ciudad entera está empedrada, como si quisieran recordarte cada paso que das.

Llegamos sobre las 14 a «nuestro barrio» y recogimos las llaves del apartamento en una oficina a unos 5min andando (porque el romanticismo del alquiler vacacional no incluye recepciones) y, por suerte, nos acompañaron a dejar las maletas.

Ducha rápida, cara de personas, y a la calle.

? La llamada al rezo: la experiencia cultural que no te cuentan

Justo antes de salir, mientas cogíamos la mochila y nos mirábamos en el espejo para comprobar que todo estaba en su sitio, empezamos a escuchar unos cánticos mezcla de fusión flamenca y árabe. Lo que no te cuentan en la guía de viaje pero deberías saber antes de reservar apartamento cerca de una mezquita es que en Estambul se reza. Mucho. Y fuerte. Y no es que a mí me moleste que alguien se conecte espiritualmente cinco veces al día —faltaría más—, pero confieso que la primera vez que escuché al muecín pensé que estaban anunciando el apocalipsis por megafonía.

Resulta que los rezos marcan el ritmo de la ciudad como si fueran las señales horarias de RNE. Si estás planeando un viaje ten en cuenta estos horarios, porque en Turquía hay un 98% de población árabe y no suelen saltarse una llamada al rezo. Si están en un pequeño comercio, cierran por unos minutos para estar tranquilos o van a la mezquita más cercana.

Están perfectamente sincronizados con tus momentos clave del día. Así, sin avisar, te ves coexistiendo con su banda sonora divina:

  • Al amanecer (Fajr), la primera es sobre las 06:30 h, cuando aún estás en la mejor parte el sueño turco. Sinceramente, no tuve el placer de oirlo. No me despierto fácilmente. Mi bff no puede decir lo mismo.
  • Al mediodía (Dhuhr), hacia las 12:00-12:30 h, justo cuando tú deberías estar pensando casi donde irás a comer, porque los españoles fuera de nuestra frontera, deberíamos adaptarnos a los horarios de los locales.
  • Por la tarde (ʿAsr), cuando estás metida en algún bazar sin saber cómo salir y suena otra vez. Yo, de verdad, pensé que era déjà vu.
  • Al atardecer (Maghrib), que es precioso, te lo juro. Las mezquitas se iluminan, el cielo se tiñe de oro y tú piensas “vale, esto sí es poesía”.
  • Y por fin, la última (ʿIshāʾ), que llega sobre las 17:45–18:15 h en diciembre y te abraza con el mismo tono que tu madre cuando te decía “ya es hora de irse a casa”. Literalmente mi señal de que Netflix nos esperaba con la mantita encendida.

No sé tú, pero yo llegué a cogerle cariño. Como a ese vecino que pone la radio muy alta, pero canta afinado. Una especie de Estambul Live Session, por cortesía del cielo.

Nuestro primer paseo fue en dirección a la Mezquita Azul, un poco caminar por caminar y saborear la ciudad, literalmente, porque teníamos mucho hambre a esas horas ya. Por suerte para nosotras, nos topamos con el mejor descubrimiento relación calidad-precio: el restaurante Three Partners. Aún soñamos con ese hummus. Comer bien en un sitio sin pretensiones es como encontrar wifi gratis con buena señal: raro, mágico, inolvidable. El último día repetimos menú antes de irnos en este mismo sitio.

? Paseo nocturno, primeras impresiones de estambul.

Seguimos caminando, llegamos a una plaza enorme y de frente nos topamos con la majestuosidad de la Mezquita de Nuruosmaniye, nos quedamos como 20 minutos debatiendo sobre si las demás mezquitas le podrian hacer frente, porque esa ya nos parecía increíble. Y no habíamos visto lo mejor.

Bajamos una calle sin saber que nos adentrábamos ya en el corazón del Gran Bazar. Muchas tiendas empezaban a cerrar, las luces bajaban, y nosotras sin un billete en el bolsillo (gracias al cajero estropeado). Aunque muchos puestos aceptaban tarjeta. Eso sí, nos ofrecieron perfumes “de marca” sospechosamente parecidos al original como mínimo cien veces. La experiencia fue tan sensorial como surrealista.

Finalmente llegamos al mar, con el Bósforo de fondo y el Mediterráneo saludando de refilón (o eso nos pareció a nosotras, que no somos geógrafas). Lo miramos un rato en silencio y decidimos que era momento de volver. El día siguiente prometía. Y las piernas ya estaban en huelga.

Somos del team «comer como reinas y cenar como si estuviéramos castigadas». Así que al volver fuimos a un super que teníamos fichado y caímos en la trampa de pensar que encontraríamos comida preparada. Lo más parecido fue algo que prometía ser sopa y terminó siendo una duda líquida. Pero bueno, sarna con gusto no pica.

? Ruta del primer día del viaje sin organización (o sea, improvisada total…)

Y así cerramos nuestro primer día en Estambul: sin saber aún por qué todo era tan bonito y con una mezcla entre jet lag, sopa rara y emoción de quien sabe que todavía queda mucho por ver.

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